miércoles, 13 de agosto de 2008

Juventud


Menos de una veintena y la vida por delante. Te llaman ingenuo, y tú, sin creértelo, vives feliz en tu irreal ignorancia. Porque sabes lo que tienes. Y lo que quieres. Incluso, se podría decir que sabes lo que hay. Coleccionas emociones, las cambias como si fueran cromos. Las más valiosas te las guardas, porque como todo buen coleccionista, conoces esos cromos (y emociones) que son tan difíciles de conseguir que desde el momento en el que llegan a ti, sabes que tienes que meterlas en el bolsillo secreto de tu abrigo, el que está por dentro, con cremallera, en el pecho. O en el corazón.
Vives deprisa, y saltas de viñeta en viñeta como si fueras un personaje de cómic. Te mueves por tus impulsos. Sin forzarlo, sonríes de manera espontánea. Te dejas llevar. Amas. Amas locamente, aunque te digan que eres demasiado joven para saber lo que es el amor.
A veces te asustas, te da vértigo ver a qué altura has llegado. Pero sólo es el pánico del momento, porque después de subir, te enorgullece sentarte en el tejado a ver las vistas, mirar por encima de las cabezas de la gente, por encima de sus sentimientos, y pensar: “hoy he sentido más que nadie”.

Inspiras el aire de juventud, cargado de guerras y pacifismo, de drogas y alcohol, de música, de oxígeno. Expiras dióxido de carbono, y retienes en ti todo lo demás.
A veces también lloras. ¿Qué pasa, qué tu no puedes llorar? Lloras porque te desbordas, y no te cabe dentro ni una experiencia más. Y es que tú no lloras agua, lloras sensaciones en estado líquido.

Aún joven, sueñas con ir a donde quieras y quieres poder ir a donde sueñas. Y pasan los años, sin sueños; y sólo quieres ir a donde puedas. O que sueñe con que la quieras.

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