miércoles, 13 de agosto de 2008

Filosofía I

Desde Platón todo fue un enredo.
Desde el demiurgo, la ética, los juicios, las críticas, el voluntarismo, el problema político, la moral, las cuestiones, las relaciones, el ser y el deber ser.
Y sin embargo, se olvidaron de lo más importante, de la filosofía que se nos queda grande a todos; y es que desde Platón, incluso desde antes de los primeros filósofos, vivir nunca fue fácil.
Se olvidaron de las relaciones humanas, de los seres físicos, del cuerpo sensible, tangible, del alma. Del alma, que no importa si la sentimos en el mundo de las ideas, aunque sea paralela al cuerpo o esté unida a él. Se olvidaron del sentir, del amar, del odiar. Del gritar, de la familia, de los te quieros mal vistos, de los que quedaron demasiado lejos, de los que se van. Se olvidaron de las sonrisas, de los amigos, del problema que encierra el verbo extrañar. Nunca hablaron de nostalgia, se disfrazaron de no haberla sentido nunca.
Nos enseñaron como comportarnos siguiendo los criterios de la razón, pero no importa la razón si te cruzas con unos ojos que te miran con más profundidad que el resto. Se diluyen los conceptos, las páginas se quedan todas en blanco. Se olvidaron de cómo nos arrastra el hedonismo, del vivir por el placer, se olvidaron de cómo nos dejamos llevar por lo que ellos llamaron pasiones, de la filosofía de amantes y amados, de los queridos, de los heridos, se olvidaron del dolor del rechazo y de la caducidad de las emociones que creímos sin final.

Hemos aprendido con ellos la filosofía del no querer.
¿y qué?
Si al final, sin querer, vivimos queriendo…

Juventud


Menos de una veintena y la vida por delante. Te llaman ingenuo, y tú, sin creértelo, vives feliz en tu irreal ignorancia. Porque sabes lo que tienes. Y lo que quieres. Incluso, se podría decir que sabes lo que hay. Coleccionas emociones, las cambias como si fueran cromos. Las más valiosas te las guardas, porque como todo buen coleccionista, conoces esos cromos (y emociones) que son tan difíciles de conseguir que desde el momento en el que llegan a ti, sabes que tienes que meterlas en el bolsillo secreto de tu abrigo, el que está por dentro, con cremallera, en el pecho. O en el corazón.
Vives deprisa, y saltas de viñeta en viñeta como si fueras un personaje de cómic. Te mueves por tus impulsos. Sin forzarlo, sonríes de manera espontánea. Te dejas llevar. Amas. Amas locamente, aunque te digan que eres demasiado joven para saber lo que es el amor.
A veces te asustas, te da vértigo ver a qué altura has llegado. Pero sólo es el pánico del momento, porque después de subir, te enorgullece sentarte en el tejado a ver las vistas, mirar por encima de las cabezas de la gente, por encima de sus sentimientos, y pensar: “hoy he sentido más que nadie”.

Inspiras el aire de juventud, cargado de guerras y pacifismo, de drogas y alcohol, de música, de oxígeno. Expiras dióxido de carbono, y retienes en ti todo lo demás.
A veces también lloras. ¿Qué pasa, qué tu no puedes llorar? Lloras porque te desbordas, y no te cabe dentro ni una experiencia más. Y es que tú no lloras agua, lloras sensaciones en estado líquido.

Aún joven, sueñas con ir a donde quieras y quieres poder ir a donde sueñas. Y pasan los años, sin sueños; y sólo quieres ir a donde puedas. O que sueñe con que la quieras.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Carta a la irrealidad.

Querida chica pelirroja, M,
Todavía me acuerdo de ti, ¿sabes?
Entonces yo todavía era un romántico, un poeta. Y entonces, M, te conocí. No sé si tenías diecinueve, veinte o veintitrés. No me acuerdo de si estudiabas psiquiatría o filología, o si no estudiabas nada. O puede que nunca lo habláramos.
En realidad todavía no sé por qué me enamoré tanto de ti. Una historia de cómplices, ¿no? La escribí para ti, si es que algún día la viviste conmigo. Confío en que lo hicieras, no hay otra forma de explicar ese silencio roto sin sonido; nuestras miradas gritaban, aunque quizás sin ser muy explícitas.
Creo que nunca nos entendimos.
Me acuerdo de tu vestido azul y del sonido de tus zapatos que yo seguía a tientas en la oscuridad de Madrid - clack, clack, clack – ¿Sabes M? Hubiera seguido tus pasos hasta el fin del mundo si tú me hubieras querido llevar.
Me acuerdo de tus proposiciones indecentes, de tu sonrisa que no sé cómo, por aquel entonces, no estaba censurada. De tu mirada decisiva, de tu red de tontos. Tontos, que seguramente como yo, algún día perdieron el equilibrio embriagados por el olor de tu ropa. Me acuerdo de cómo te fuiste.
- Sólo una copa – te pedí.
- Son las tres. Es demasiado pronto para tomar sólo una copa – me respondiste, desapareciendo en la noche del mismo Madrid por el que paseo ahora de día.
Claro, que de día todo es distinto.
Y contigo se fue la poesía, me convertí en un poeta sin versos.
Después se me pasó, me casé, tuve un hijo.
Y te preguntarás qué hago, pelirroja M, sentado aquí, solo, escribiendo a una chica a la que quizás ni siquiera conocí. Estoy seguro de que estás sola. Vacía como cuando me enamoré de ti, pero sin la seguridad que te daba la juventud. Vacía como cuando te quise invitar a una copa, y quizás a mis sueños; cuando te quise invitar a acompañarme a cualquier lugar, a una noche en la habitación 142 en un hotel de Nueva York, y quizás haber cogido un avión por la mañana y habernos pateado París, y habernos tomado un café con hielo debajo de una sombrilla de rayas. O puede, que sólo hubiésemos ido en metro al Retiro.
Pero eso, M, nunca lo sabrás. Y seguirás igual de vacía, y yo igual de confuso, sin saber si fuiste real o sólo una borrachera increíble, escribiendo una carta que no lleva dirección pero sí remitente. No sé, M, por si algún día te la encuentras y me quieres contestar…

Palabras



Con el tiempo perdimos las palabras de las que tanto habíamos hablado antes. Con las que tanto habíamos hablado antes. Palabras que plasmaron cada segundo. Análogas, distintas. Palabras con identidad, o que perdieron el sentido. Palabras susurradas, a voces, escritas. Palabras que siendo sólo eso, palabras, fueron mucho más allá de los garabatos en un papel. Palabras con vergüenza, palabras atrevidas, palabras sinceras. Palabras serias y palabras que sólo al ser dichas parecían reírse a carcajadas. Palabras inventadas. Palabras de apoyo. Palabras secretas, palabras mágicas*. Juegos de palabras, palabras encadenadas, palabras trabadas, palabras seguidas de sonrisas, palabras bromistas. Palabras polisémicas, con mil significados tras vivir mil historias. Palabras monosílabas, palabras en frases, palabras de canciones.Palabras repetidas, palabras nuevas disfrazadas de palabras aprendidas. Palabras pensadas y palabras por pensar.Palabras tuyas y mías. Nuestras.Y palabras perdidas,porque un día se nos perdieron todas aquellas palabras cómplices, y aunque las estuvimos buscando por todas partes, lo único que encontramos fue ese silencio indiferente y aburrido.Y al callarnos pareció perderse también todo lo demás.

Se buscan palabras originales y desconocidas. Palabras divertidas, palabras diferentes a todas las subrayadas en libros de texto.también se buscan todas las palabras que desaparecieron un día. Son palabras antiguas y con aire melancólico, pero aunque están ya usadas, no creo que hayan perdido el valor de las voces con las que fueron pronunciadas, las manos con las que fueron escritas y las mentes con las que fueron pensadas